domingo, 4 de marzo de 2018

Capítulo XII Poiesis, polis y paideia


Capítulo XII
Poiesis, polis y paideia

Mediante su creación, el artista da lugar a que la mentira ocurra en él. La transfiguración de la realidad, es la forma como el arte trasciende y niega lo permanente e imperecedero de toda “verdad” cuando pretende apoyarse en la ilusión de la positividad que frente al caos, se diluye.



El acontecer del artista en la obra, es lo que permite que el arte dimensione la jerarquía de lo humano, como ese algo que es “más divino que la verdad”. Su dimensión sagrada funda la relación ontológica entre “ente” y “ser” porque deviene en espacio la expresión donde el ser se manifiesta.



La vida de los inmortales es la muerte de los mortales. Los dioses aceptan como ofrenda y sacrificio la muerte de los hombres. Pero cuando los humanos viven, la relación se transforma. Ahora corresponde a los humanos vivir la muerte de los dioses, darle horizonte a su partida, a su huella...



En esta doble relación de “vida-muerte”, “muerte-vida”, la conquista que la modernidad trajo consigo, fue que a cambio de asesinar el deseo por lo sagrado, la perfección y la libertad, la sustituyó por la inmediatez, superficialidad y el consumo. ¿En dónde quedó lo sagrado?, ¿cabe suponer que también huyó lo mismo que los dioses?, ¿la humanidad los aniquiló al igual que se condenó a sí misma?



Ha sido el impacto de la técnica y el consumo de lo inmediato, quienes han subordinado al arte y a la libertad, como mercancías.



Al vivir, los humanos nos asemejamos al búho, que es capaz de distinguir la noche del día. Hemos estado tan emparentados con ambos, que no por ausencia de luz, dejamos de ver. Aunque lo oscuro carezca de luz, no deja de estar iluminado.



Lejos de asemejarse a lo bonito, lo bello representa la unidad de lo sensible con lo “en sí” y “por sí”, espiritual. Todo lo que se juega en medio del desocultamiento y la auto-ocultación es un tipo de relación que acontece como belleza.




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