Capítulo XII
Poiesis,
polis y paideia
Mediante
su creación, el artista da lugar a que la mentira ocurra en él. La
transfiguración de la realidad, es la forma como el arte trasciende y niega lo
permanente e imperecedero de toda “verdad” cuando pretende apoyarse en la ilusión
de la positividad que frente al caos, se diluye.
El
acontecer del artista en la obra, es lo que permite que el arte dimensione la
jerarquía de lo humano, como ese algo que es “más divino que la verdad”. Su
dimensión sagrada funda la relación ontológica entre “ente” y “ser” porque
deviene en espacio la expresión donde el ser se manifiesta.
La
vida de los inmortales es la muerte de los mortales. Los dioses aceptan como
ofrenda y sacrificio la muerte de los hombres. Pero cuando los humanos viven,
la relación se transforma. Ahora corresponde a los humanos vivir la muerte de
los dioses, darle horizonte a su partida, a su huella...
En
esta doble relación de “vida-muerte”, “muerte-vida”, la conquista que la
modernidad trajo consigo, fue que a cambio de asesinar el deseo por lo sagrado,
la perfección y la libertad, la sustituyó por la inmediatez, superficialidad y
el consumo. ¿En dónde quedó lo sagrado?, ¿cabe suponer que también huyó lo
mismo que los dioses?, ¿la humanidad los aniquiló al igual que se condenó a sí
misma?
Ha sido el impacto de la
técnica y el consumo de lo inmediato, quienes han subordinado al arte y a la
libertad, como mercancías.
Al
vivir, los humanos nos asemejamos al búho, que es capaz de distinguir la noche
del día. Hemos estado tan emparentados con ambos, que no por ausencia de luz,
dejamos de ver. Aunque lo oscuro carezca de luz, no deja de estar iluminado.
Lejos
de asemejarse a lo bonito, lo bello representa la unidad de lo sensible con lo
“en sí” y “por sí”, espiritual. Todo lo que se juega en medio del
desocultamiento y la auto-ocultación es un tipo de relación que acontece como
belleza.






































